“Lo más triste de las despedidas no es decir adiós,
es saber que al hacerlo una parte del corazón
se va muriendo.”
Texto extraído del libro
“153 Formas de Decir Adiós
al Amor de tu Vida.”
Por Alberto Ugalde.
No sé por qué, pero las despedidas siempre me ponen nervioso. Tal vez sea porque de todas las veces que me han dicho adiós, la mayoría han sido tristes.
Todos tenemos conceptos distintos de las cosas; asociamos todo lo que vemos con una palabra, un olor, una sensación o un sonido y al contrario. Adiós es una palabra que asocio invariablemente con dolor y lágrimas.
El adiós es triste porque siempre implica el término de algo, el final. El adiós siempre antecede a una separación, y es precisamente eso lo doloroso. Uno creería que de tantas veces que he dicho adiós, ya debería estar acostumbrado. El dolor es una de esas cosas a las que uno nunca termina de acostumbrarse. El adiós es doloroso, por tanto, uno nunca puede acostumbrarse a decir adiós.
Recuerdo la primera vez que dije adiós, yo tendría unos doce años. Eran alrededor de las cuatro, estaba nublado y el entrenamiento de atletismo había terminado. Ahí estaba yo, sentado en esa banca esperando que ella dijera la última palabra. Y entonces la dijo, y ahí me quedé sentado, tratando de asimilar que se iba. Dolió, en ese momento sentí mi corazón estrellarse por primera vez contra el muro del adiós, sentí por primera vez como se lleva tus ilusiones y tu alegría y te deja ese sentimiento amargo que la soledad tiene.
Varias veces más, mi corazón se ha estrellado de nuevo contra el muro del adiós, algunos han sido choques ligeros y otros han sido aparatosos, pero siempre, siempre ha dolido, y me he quedado otra vez con ese sentimiento amargo que la soledad tiene.
No me gusta estar solo, aún cuando la mayor parte del tiempo lo estoy; no sé si soy muy exigente o simplemente no he tenido suerte pero, cada vez que he entregado el corazón, he terminado diciendo adiós, sin ilusiones y sin alegría, con sólo ese sentimiento amargo que la soledad tiene.
A pesar de todo, estar solo me ha dejado cosas buenas, me ha enseñado a valorar a la persona que tengo a mi lado – o tuve-, y me ha enseñado a darlo todo sin importar que te digan adiós después. Al final de cuentas, el adiós y el dolor son sólo etapas, y como tales siempre terminan. Además, siempre llega algo mejor, siempre.
No sé por qué, pero las despedidas siempre me ponen nervioso. Tal vez sea porque en el fondo, a nadie le gusta estar solo. Tal vez sea porque necesitamos alguien a quien querer y que nos quiera, que nos escuche, que nos consuele cuando estemos tristes, que comparta con nosotros lo maravilloso que tiene el amor y que nos diga adiós a veces, también. Pues así, conociendo lo bello y lo no tan bello del amor, valoramos realmente lo que tenemos.
Sé que tendré que decir adiós otra vez ¿cuántas veces? No lo sé. Pero sé también que alguien en algún lugar de este ancho mundo está, como yo, buscando encontrar a su complemento, diciendo adiós y sufriendo por ello y algún día nos encontraremos y no tendremos que volver a decir otra vez... Adiós.