La extraño, ha pasado tan poco tiempo y ya estoy muriendo por no tenerla. Cada cosa que hago, cada lugar en el que estoy, cada persona con quien hablo sólo me hace traer su cara a mi mente. Siempre hay algo que me la recuerda, algo que me reafirma que no puedo olvidarla, que no puedo dejar de sentir por ella otra cosa que este enorme sentimiento que no hace otra cosa que doler.
Varias veces he sentido la necesidad de llamarla, de hablar con ella, de escuchar su voz; de decirle cuánto la quiero y cuánto deseo estar con ella, otra vez, como antes; viviendo entre nubes, compartiendo este sentimiento y pensando que nada puede salir mal.
Pero ahora ya no está, ya no escucho su voz, ya no oigo su risa, ya no siento sus besos ni sonrío con su recuerdo. Ahora ya no está y este pobre corazón no sabe qué hacer con este enorme sentimiento que se ha quedado encerrado y que se está transformando en dolor, en nostalgia y en desesperación.
La extraño, extraño su risa espontánea y contagiosa. Extraño su acento entre extraño y gracioso. Extraño su forma de ser, tan natural y sin poses. Extraño sus ojos, esos ojos tiernos y llenos de alegría que me alegraban con sólo mirarlos; y extraño esos labios, los cuales tantas veces me dejaron su sabor en la boca y los cuales me dijeron tantas veces te quiero. Esos labios que dijeron adiós y me dejaron ir, haciendo que mi vida regresara a ser lo que era antes de conocerla.
Y así, lleno de sorpresa y sin poder creer que estuviera pasando, mi corazón y yo nos despedimos de esa mujer, la cual me mostró el cielo con dos palabras y me llevó al infierno con una sola. Y ahora estoy aquí, sufriendo en mi soledad, añorando los días del ayer en que ella estaba conmigo y muriendo un poco cada día por no poder tenerla más.
Los caminos del destino son extraños e impredecibles, uno nunca sabe a dónde lo van a llevar. Así, estos caminos del destino hicieron que ella y yo coincidiéramos cuando las probabilidades estaban en nuestra contra. Incluso si alguien me hubiera preguntado antes de conocerla si habría hecho todo lo que hice para verla, para estar con ella unas horas, habría contestado casi sin pensarlo que no.
Los caminos del destino son extraños e impredecibles, hicieron que mi vida diera un giro de 180 grados, que entregara el corazón, que me enamorara, y que, como ya se me está haciendo costumbre, me dijeran adiós. Y aquí estoy de nuevo, con el corazón herido y con una historia más escrita en el libro de los recuerdos, de los amores fallidos.
La extraño, ha pasado apenas tan poco y ya estoy muriendo por no tenerla. A veces me pregunto si algún día voy a enamorarme y mi pareja va a entregarse como yo, en cuerpo y alma, sin preocuparse si va a ser herida o si la otra persona es la indicada. Dar todo sin pedir nada más que lo mismo para uno, dar todo con la confianza de saber que, si no es el indicado, nada se habrá perdido y de nada habrá de qué arrepentirse.
Estoy cansado de llorar, estoy cansado de escribirle poemas al dolor, de estar viviendo de recuerdos y de no poder encontrar una mujer que no me haga sufrir, que no me lleve a las nubes y después me suelte, dejándome caer con su desprecio. Estoy cansado de entregar el corazón, de dar sin recibir, de sentirme vivo sólo por momentos y de tener que buscar caricias sin amor, momentos de placer que lo único que hacen es recordarme lo solo y vacío que estoy, que me he quedado.
Duele, me duele no poder verla, no hablar con ella, no acariciar su cabello, no poder mirar sus ojos y perderme en esa boca que tantas veces me hizo pensar que esto sería para siempre.
No le guardo ningún rencor ni resentimiento, yo sé que no es totalmente culpable, como no lo soy yo tampoco. Hay cosas que por más que se quiera no pueden tenerse porque no son para nosotros, pero todos tenemos un límite y el mío no está muy lejos de ser alcanzado.
La extraño, han pasado apenas tan poco y ya estoy muriendo por no tenerla. Sé que voy a encontrar la forma de no sufrir más por ella, tal vez no pronto, pero lo haré. Sé que encontraré a alguien más y me volveré a enamorar, tal vez conozca el cielo de nuevo y tal vez me dejen caer otra vez. Pero de algo estoy seguro: cada vez estoy más cerca de encontrar a la mujer, a mi mujer, a aquella que me enseñará las nubes, pero que me enseñará a volar también, para así, nunca más volver a caer...
“Sólo dos segundos me bastaron para saber que la querría,
no sé cuantos meses, cuantos años para acabar con el dolor
de tu despedida.”