su nacionalidad o su destino;
nunca supe su edad, su signo del zodíaco
o el perfume que llevaba su vestido.
Nunca supe si gustaba del café,
si por la noche lloraba a mares,
si, para ocultar su pasado agrietado,
los labios se cubría de bilé.
Nunca supe del devenir del tiempo,
cuando a su lado me sentaba
en aquel viejo café.
Junto a ella olvidaba todo,
raza, religión, color y acento,
y absorto le admiraba
como niño mirando dulces en anaquel.
Nunca supe si lo notaba,
si mi presencia era advertida;
no supe bien si era a mí quien sonreía
o a algún recuerdo de algún cabaret.
Nunca supe si me amaba,
si en las noches en mí pensaba,
o si era sólo un remedio
para olvidar el ayer.
Nunca supe si era real,
si las cosas que platicábamos
eran sueños y nada más.
Nunca supe de sus dolores,
de su insomnio o de sus temores;
nunca supe qué le afligía,
o qué vendaval le quitaba la vida.
Nunca supe de sus historias,
de sus batallas y sus victorias.
No supe nunca de qué pie cojeaba,
o si es que acaso me extrañaba.
Nunca supe realmente nada,
ella era todo misterio,
desde su piel hasta su cuello,
de las costillas al firmamento.
Y así, sin saberlo,
le amaba,
más que a mi propia vida,
más que a mi pluma y a mi guitarra.
Y así, sin saber más nada,
me entregué a ella,
como quién salta sin ver,
como quién se arriesga a perder.
Y así, también,
la perdí.