Como habitando manos,
Como habitando sueños,
Como habitando las ganas de una nueva atadura.
Habitábamos encuentros pasados,
Encuentros de cielos,
Encuentros de cantos sinceros.
Habitábamos los recuerdos de un nuevo intento
perdido en el intento de un nuevo suelo,
Como habitando el peñasco de amor,
Que escalábamos en cada beso.
Habitábamos los cantos,
Los sueños,
Los besos;
Habitábamos la pasión de cada abrazo,
De cada caricia,
De cada embeleso.
Habitábamos los pasos,
Esos que nos llevaban a perdernos;
Habitábamos el corazón,
Como habitando cada uno de los sentimientos.
Y yo te habitaba, mujer de sinrazón,
Mujer de perla blanca,
Mujer de cielo;
Y habitaba las marcas
que habían dejado a su paso otros besos.
Y tú me habitabas,
Mujer de ilusión,
De manos tersas y besos sinceros;
Como habitando la intención
De no habitar más otro suelo.
Y así, nos habitábamos,
Como intentando habitar el silencio,
Como intentando habitar un gemido,
Una canción, una carta, un anhelo.
Y así nos habitábamos,
Mujer de noche y corazón;
Tratando de olvidar noches amargas,
Heridas y lamentos.
Habitábamos nuevas esperanzas
De habitarnos completos,
Como habitando antiguas usanzas,
Como habitándonos los sueños.
Habitábamos llamaradas intensas,
Que quemaban hasta los carrisales,
Como habitando pasiones nuevas,
Como habitando nuevos amores.
Y yo te habitaba,
Y a su vez,
Tú también me habitabas;
Y habitándonos nos perdíamos,
Y perdiéndonos de nuevo,
me encontrabas y te encontraba.
Y entonces, todo volvía a nacer,
En un nuevo habitar el alma;
Me tenías y te tenía,
Y no había nada más que hacer.