Después de todo, no es tan malo. Amar, perder la razón, tener el corazón destrozado, volver a amar. Todo es parte de esta rueda de la fortuna llamada vida, en donde todo gira y gira. A veces estamos arriba, y a veces estamos abajo; pero invariablemente, inevitablemente, irremediablemente todo cambia todo el tiempo. Después de todo, no es tan malo. El secreto radica en entender que habiendo amor, siempre habrá dolor, y del dolor obtendremos una enseñanza.
Y después de todo y pensándolo bien, el amor no sería lo que es si no existiera el dolor. Es la manera en que la vida encuentra un equilibrio -como siempre lo hace- para hacer que las cosas que verdaderamente valen la pena, verdaderamente la valgan. Es decir, si el amor siempre fuera placentero, poco a poco la gente haría lo que está en nuestra naturaleza hacer: acostumbrarse a las cosas. El amor tiene que doler para ser memorable, de otra manera se diluye, se degrada, se muere.
El dolor es la otra cara del amor. No hay uno sin el otro; no hay otro sin el uno. Se complementan, se contraponen, se repelen, y sin embargo son la misma cosa, en diferentes circunstancias. Uno es la consecuencia del otro. El dolor nos hace apreciar al amor; nos hace ver que en realidad es importante, que es valioso, que es lo que debe ser: una experiencia memorable, intensa.
Y después de todo, el dolor no es tan malo, una vez que te acostumbras a él. No es placentero, obviamente; pero se le puede llegar a apreciar el sabor. El dolor no es malo; es la evidencia de que algo ha valido la pena.
Después de todo, no es tan malo. Amar, perder la razón, tener el corazón destrozado, volver a amar. Todo vale la pena. Cada detalle, cada palabra, cada pequeña caricia, cada lágrima derramada, cada dolor en el alma. Todo vale la pena. Todo...