Abro los ojos, volteo hacia ambos lados pero no logro reconocer el lugar en el que estoy. Me levanto y comienzo a caminar. Me siento mal, el pecho me duele, me lastima, tanto que no me deja respirar. Busco reconocer el lugar pero no consigo traer su recuerdo a la mente. Por si mi falta de memoria no fuera suficiente, una densa bruma cubre por completo el lugar, haciéndolo lucir como un paisaje sacado de una historia de fantasmas.
Es un lugar muy extraño, es como un enorme valle lleno de caminos. No hay sonidos en este lugar, mis pasos simplemente no se escuchan aquí. No hay viento, pero el clima es fresco, casi frío; no se siente ningún movimiento, todo es silencio, todo es calma.
En ese lugar tampoco hay aves ni ningún otro tipo de animal, no se ven árboles pero hay mucho pasto alrededor. Este pasto es muy verde, es corto y está muy bien cuidado, como acabado de cortar. El cielo es muy azul y no hay nubes, pero todo está cubierto por esa extraña bruma y la luz que ésta deja pasar es muy parecida a la que se ve al amanecer.
Sigo caminando sin ninguna dirección fija, en este lugar todo parece igual. A medida que voy avanzando comienzo a distinguir lo que parecen personas. Apresuro mi paso y me acerco a ellas, al verlas mejor me doy cuenta que son una especie de siluetas, las cuales parecen estar hechas de cera, una cera blanca, casi transparente.
Son muy extraños, no son parecidos a nada que hubiera visto antes en mi vida. Me recuerdan a aquellos muñecos que solía tener cuando era niño. Esos juguetes que vendían en la calle por una casi simbólica cantidad. Es gracioso ahora que lo recuerdo, de la infinidad de juguetes que tuve, siempre cuidé más aquellos que menos costaban, mientras que todos los juguetes caros que mis papás me compraban terminaban perdidos, cambiados por un juguete menos valioso, mutilados u olvidados en algún lugar.
Las caras de estos seres, si es que puede llamarse así, tienen rasgos imperceptibles. No tienen boca, cabello, ojos, ropas ni alguna otra característica que pueda diferenciarlos, excepto su color. De acuerdo a éste, pude agruparlas en por lo menos seis diferentes tipos.
El primer tipo de silueta que distinguí fue el de color gris. Estas fantasmales figuras constituían el grupo más numeroso, todas eran exactamente iguales y no parecían percatarse de mi presencia. Estas siluetas eran las más lejanas y estaban esparcidas a todo lo largo y ancho del lugar.
El segundo tipo de silueta era el de color azul. Éstas eran el segundo grupo más grande en número, y aunque eran mucho menos que las primeras, también eran muy numerosas. Estas siluetas estaban esparcidas por todo el lugar también, pero se encontraban más cerca de donde yo estaba. Este grupo, a diferencia que el primero, parecía haberse percatado de mi presencia, pero no le dieron importancia y continuaron con sus actividades.
Estos dos tipos de siluetas me intrigaban, eran seres que simplemente vagaban por el lugar, es reunían en grupos que muchas veces estaban formados por las criaturas de ambos colores, los cuales realizaban algún tipo de ceremonia o ritual extraño a mi comprensión. Quise acercarme a ellas, tratar de comunicarme, pero algo más llamó mi atención. Al voltear, me di cuenta que un grupo de siluetas caminaba junto a mí. Eran pocas, comparándolas con los otros dos grupos y tenían diferentes colores entre ellas, unas eran amarillas y otras eran rojas.
Parecían ser amigables y constantemente volteaban a verme. Había entre esos seres uno que no se parecía a las demás siluetas que caminaban junto a mí, su “piel” si es que podemos llamarle así, era rosa, y al igual que las demás parecían interesarse por lo que yo hacía.
Estaba intrigado, aquella era la única silueta de su color en todo el grupo. Durante el camino pude ver otras dos siluetas del mismo color, pero se encontraban junto con las siluetas de color azul y no parecían preocuparse más que por sus asuntos. Es por eso que me resultaba tan extraño que esa silueta caminara junto a mí. al principio pensé que eran alguna clase de dirigentes o personajes de alto rango,; aquella hipótesis que daría descartad a al poco tiempo, ya que me percaté que lo único que diferenciaba a esos seres era su color. No parecía haber ningún tipo de líderes o personajes que ejercieran algún tipo de influencia en los demás. Lo único que sabía era que aquel ser rosado me inspiraba una gran confianza y paz.
No entendía lo que pasaba, ahí estaba yo, en ese lugar localizado quién sabe en dónde, con la misión de hacer quién sabe qué; con aquellos seres extraños a mi lado. Todo parecía un sueño, una especie de estado de semi-conciencia en donde todo parecía estar hecho del mismo material con que están hechos los sueños, las fantasías; pero aún así, todo lucía tan real.
Las siluetas más próximas a mí eran de color rojo, pero entre ellas había unas de color más intenso, y eran las que volteaban a verme con mayor frecuencia e interés, y no podría asegurarlo pero casi podría decir que me sonreían.
Después de las siluetas rojas y rosa, estaban unas siluetas de color amarillo, las cuales eran también amigables y parecían interesarse por lo que hacía. Al igual que los otros tipos de siluetas amigables, había algunas más brillantes que otras, y eran las más brillantes las que parecían interesarse más por mí.
Quise hablarles, preguntarles acerca del lugar en el que me encontraba, qué era lo que hacían ahí, y sobre todo, qué hacía yo ahí. Tenía tantas preguntas, pero al tratar de hablarles, de mi boca no pudieron salir palabras. No podía hablarles, estaba mudo como lo estaba todo en ese lugar. Por más que lo intenté, no pude emitir sonido alguno, y finalmente me di por vencido.
Todo eso me tenía intrigado, ¿quién era esa gente, o lo que fueran? Y sobre todo, ¿qué diablos hacía yo ahí? Mi mente intentaba resolver aquel rompecabezas pero había demasiadas piezas faltantes.
Seguimos caminando y me sorprendió la cantidad de siluetas que había a mi alrededor. La gran mayoría eran de color gris y pasaban junto a mí sin siquiera voltear a mirarme. Algunas de esas siluetas, muy pocas, volteaban a verme y al instante cambiaban de color y se volvían azules. Otras hacían lo mismo pero en vez de volverse azules, cambiaban de color y se volvían amarillas, entonces su camino cambiaba y se unían al grupo que caminaba junto a mí.
Conforme caminaba, noté que las siluetas que me acompañaban también a veces cambiaban de color y de rumbo. Muchas de las siluetas amarillas se separaban del grupo; algunas de ellas iban obscureciéndose hasta volverse azules. Otras sin embargo, permanecían siendo amarillas y de vez en cuando volteaban a verme.
Era realmente extraño ver como aquellos seres unicromáticos iban y venían cambiando de camino y de color. Por más que intenté, no conseguí descubrir el porqué de éstos súbitos cambios de dirección y pigmentación.
Extrañamente, pude notar que ni las siluetas rojas ni la rosa cambiaban de color, lugar o dirección. Permanecían junto a mí como si por alguna causa o razón estuviéramos ligados, unidos por una especie de relación, lazo o misión; por un mismo ideal o la misma meta.
Seguimos caminando y aún no lograba entender porqué caminaba, pero una fuerza muy dentro de mí me obligaba a hacerlo. El dolor en mi pecho aún era muy intenso y varias veces tuve que detenerme a recobrar el aliento, pero algunas siluetas me ayudaban a seguir andando y, aunque no hablaban, me daban ánimos.
Al ir caminando, me di cuenta que a unos cincuenta metros adelante, el camino se dividía en dos. Yo no sabía qué camino tomar, afortunadamente un para de siluetas amarillas me hicieron una seña indicándome que tomara el camino de la izquierda. Estaba dudoso, debo confesarlo; no sabía quiénes eran estos seres translúcidos con los que estaba, y mucho menos sabía lo que querían de mí me sentí un tanto temeroso pero mi propia curiosidad me obligó a seguirlos.
Tomamos aquel camino y no pude preguntarme qué iba a pasar. ¿qué tal si me hacían daño?, ¿qué tal si me llevaban a un lugar del cual no pudiera salir y me quedara en ese lugar extraño por todos los días de mi existencia?
No podía recordar mucho, pero estaba seguro que aquel lugar no era mi casa; por otro lado pensé ¿y que tal si me enseñan el camino que me lleve a casa, dondequiera que ésta esté?
Como lo dije, mi curiosidad fue más fuerte que mi temor y seguí caminando. Después de un rato de andar, llegamos a un lugar en donde un grupo de siluetas grises se encontraban. Aquel grupo no era muy grande, serían alrededor de veinticinco figuras. Yo estaba nervioso, ésta era la primera vez que tenía contacto con ella. Incluso varias veces pensé en salir huyendo de ahí, de tratar de regresar al camino que había dejado atrás, pero algo, una fuerza me detuvo augurando algo importante.
Poco a poco, estas figuras fueron convirtiéndose, transformándose; se volvieron azules. Todas ellas eran muy amigables y, aunque no eran amarillas, rojas o rosas, despertaban en mí una gran confianza. Todo aquel miedo, inseguridad o desconfianza que sentía hacia ellas desapareció y en su lugar dejó una estimación , un afecto muy sincero.
Entre de todas aquellas siluetas, hubo una que llamó especialmente mi atención; era azul como las demás pero tenía un punto blanco en el pecho el cual desprendía una luz pequeña pero intensa. Desde el primer momento que la vi me acerqué a ella, mis amigos amarillos parecían querer que yo la conociera. Al mirarnos pude darme cuenta que era especial, y desde el principio hubo una especie de identificación.
Si aquellas siluetas azules me inspiraban confianza, la silueta del punto luminoso lo hacía mucho más. Era como si hubiera surgido entre nosotros dos una especie de amistad, una especie de lazo.
Después de algún tiempo las siluetas azules comenzaron a marcharse. Algunas se fueron juntas y otras tomaron diferentes caminos. Yo no pude adivinar porqué lo hacían, no sabía si las había ofendido o si solamente tenían que partir. Al verlas marcharse creí que la figura del punto de luz se iría también, pero por alguna razón que no podía entender, no lo hizo en vez de eso se colocó a mi lado junto con el grupo de siluetas que había dejado en el camino anterior. Y así juntos, comenzamos a caminar, pero esta vez sería en aquel nuevo camino y con aquel nuevo miembro del grupo a mi lado.
Algo extraño sucedía cada vez que aquel ser y yo volteábamos a vernos, era como si aquella silueta tuviera algún tipo de poder que hacía que mi pecho no doliera tanto. Era como un efecto hipnótico el cual me hacía olvidarme de todos mis malestares.
Era tan desesperante no poder hablarle, no poder decirle lo que me hacía sentir, no poder saber nada de aquel ser y de las sensaciones que en mí provocaba.
Era increíble lo que aquel ser podía hacer con sólo mirarme, podía desaparecer mis penas, mis angustias, mi incertidumbre; podía desaparecer aquel dolor de mi pecho el cual yo no podía curar y no me dejaba vivir. Me sentía feliz cada vez que aquel ser me veía y cada vez necesitaba más de él.
De pronto, algo muy extraño comenzó a sucederle a mi azulado amigo; primero el punto de luz de su pecho comenzó a brillar más y más; después, su cuerpo comenzó a tornarse verde, un verde que jamás había visto. Parecía un verde pastel, pero su intensidad era mucha y tenía una especia de brillo metálico.
Después fue volviéndose más clara hasta convertirse en amarilla. Era un amarillo hermoso, tan intenso como la luz de la luna. Yo estaba sorprendido, ninguna de todas las siluetas que había visto en aquel lugar había hecho eso. Habían cambiado de color. Pero nunca en esos tonos y en esa intensidad, de cualquier manera no había visto otra silueta igual en ningún otro lado.
Otra cosa que llamó importantemente mi atención fue que el punto luminoso que se encontraba en el ahora amarillo ser, por alguna razón no cambiaba de color, únicamente de intensidad. Se volvía más y más brillante.
Después, aquella silueta continuó cambiando hasta volverse naranja. Ese naranja era tan intenso como el naranja que tiene el atardecer; ese color que va del naranja al morado y que juega mientras el sol se va ocultando.
Yo no sabía qué hacer, estaba tan sorprendido como, en cierta forma emocionado. Ese espectáculo de color era algo realmente inquietante y emocionante. Aquel ser estaba cambiando de color, no sé si voluntaria o involuntariamente, y lo estaba haciendo justo en mis narices, y eso era algo realmente bello.
Aquella silueta ejercía una extraña atracción en mí, y algo, una fuerza me motivó a tocarla, a sentirla. Estiré mi brazo un tanto nervioso, quería hacerlo pero a la vez sentía miedo, miedo porque no sabía qué estaba pasando; miedo porque aquel ser acababa de unirse al grupo y no sabía nada de él, y miedo porque no tenía idea de cuáles eran sus intenciones- claro que no tenía idea de las intenciones de ninguno de los seres que me acompañaban, para tal caso.
Por fin, armándome de valor e impulsado por la curiosidad más que otra cosa, estiré mi dedo índice y la toqué. Inmediatamente después de hacerlo, aquel ser cambió de color de nuevo, ahora su “piel” era de un rosa muy intenso. Tenía unos tonos tan extraños que el poder describirlos me sería imposible.
Aquel cambio de color realmente me desconcertó, ¿qué diablos estaba pasando? ¿porqué se había puesto de ese color? ¿acaso aquello quería decir que tuve que haber tocado a los otros seres rosas que había visto antes?
Eso era imposible, aquella era la primera vez que me encontraba en aquel lugar, en esa tierra de ideas solidificadas. Nada tenía sentido, instintivamente retrocedí. No sabía lo que iba a suceder. Aquel ser estiró sus brazos y me detuvo tomándome por los hombros. Entonces sucedió. Al tocarme, una extraña sensación comenzó a recorrer mi cuerpo mientras un halo de luz blanca me rodeaba y un indescriptible y suave calor me invadía, esa tibia sensación envolvió mi ser y el clima fresco, casi frío de aquel lugar no volvió a sentirse en mi piel.
Volteé la mirada hacia la silueta y noté como cambiaba de nuevo. Aquel ser comenzó a brillar. Primero fue el punto luminoso de su pecho, el cual fue haciéndose cada vez más brillante. Y entonces ahí, justo ahí frente a mis ojos sucedió la cosa más increíble y fantástica que pude ver jamás.
Aquella silueta comenzó a volverse cada vez más clara hasta quedar completamente blanca. Aquel era el blanco más blanco que había visto en toda mi vida. Entonces, la “piel” transparente que la cubría comenzó a cuartearse y a caer en pedazos. Esos trozos de “piel” , al contacto con el suelo se evaporaban, se volvían un vapor hecho de luz, el cual brillaba a medida que se esparcía por el lugar hasta que terminaba por desaparecer.
Entonces sólo quedó luz. Aquella figura antropomórfica estaba ahora hecha de luz. Las palabras me son insuficientes para describir el asombroso espectáculo que estaba presenciando; aquella figura comenzó a brillar con tanta intensidad que tuve que cubrirme los ojos para no quedar cegado por la luz.
Ya no sentía miedo, estaba absorto en aquel ser luminoso y en la transformación que había sufrido. Mis ojos veían, pero mi mente se negaba a creer que aquello estuviera sucediendo. De pronto, el ser de luz abrió sus párpados y dejó ver los ojos más bellos y profundos que jamás vi. Eran grandes y de un azul tan intenso como el cielo de verano; y eran profundos, tan profundos que simplemente parecían no tener fin. Eran serenos, suaves pero a la vez emotivos, hablaban por sí solos, me decían tantas cosas.
De su cabeza comenzó a brotar una especie de cabello el cual parecía estar hecho de luz también, de una luz dorada como el trigo y brillante como el sol. De su espalda salieron, no encuentro la palabra adecuada, nacieron, surgieron lo que parecían un par de enormes alas hechas de un material intangible y transparente, pero lleno de colores, tantos que me habría sido imposible contarlos. La gran mayoría de estos colores eran nuevos para mí, jamás los había visto y no puedo describirlos porque no creo que existan en otro lugar.
Aquellas alas eran casi tan bellas como el ser de luz. Estaban hechas de una especie de luz material, espesa. El espectáculo aquel era tan maravilloso y único que me había puesto en alguna especie de trance el cual me impedía moverme. Realmente desconozco cuanto duraría el suceso aquel, tal vez fueron sólo unos segundos, pero a mí me pareció que aquello duró cien años. Como si de pronto el tiempo se hubiera detenido, como si aquel ser lo hubiera detenido.
Con una indescriptible e inmensa ternura me miró con aquellos ojos profundos como el mar y me sonrió. Una gigantesca emoción inundó mi cuerpo. Todo lo demás parecía haber desaparecido. Nada más había a mi alrededor, y si lo había, en esos momentos simplemente no importaba. Sólo estábamos ese ángel, ese ser de luz y yo.
A continuación se acercó a mí, se inclinó y con sus labios de luz sólida tocó mi pecho. Entonces sentí como todo mi cuerpo se estremeció, cómo temblaba, como si estuviera conteniendo algo que no cabía en él y necesitaba ser expulsado.
Me sentía como un volcán a punto de hacer erupción, como una bomba a punto de estallar; y así lo hice. Un estremecimiento mayor me sacudió de pies a cabeza, el corazón me latía tan fuerte que pensé que se me saldría del pecho; la cabeza comenzó a darme vueltas y sin poder contenerme, volteé mi rostro hacia el cielo y una especie de luz líquida comenzó a salir de mi boca y ojos. Esta luz tenía un color muy especial, era una luz negra muy brillante la cual salió de mi cuerpo como un chorro de agua a gran presión y así, a gran velocidad se fue alejando con dirección a la cúpula celestial. Al llegar a lo más alto y como si hubiera chocado con algo, la luz se expandió y explotó, convirtiéndose en pequeñas partículas las cuales cayeron sobre nosotros como una lluvia ligera.
Un gran alivio me invadió después de eso, una enorme paz y tranquilidad se posaron sobre mí. Me sentía ligero, como si de pronto me hubieran quitado un gigantesco peso de encima, como si hubieran desatado un gran lastre que me aprisionaba y no me dejaba vivir. Me sentía ligero, tranquilo y en paz conmigo mismo.
Bajé la vista y miré mi pecho y me di cuenta que en donde había estado aquel doloroso punto negro, ahora yacía un bello y fulgurante punto de luz, tal como aquel ángel tenía antes de transformarse, aquel ser había hecho lo que yo no había podido, y sólo lo había hecho con tocarme.
Volteé a verlo y le sonreí, me encontraba tan emocionado que mis ojos comenzaron a nublarse y terminaron por llover; no llovían de tristeza o dolor, ya no; ahora llovían de alegría y agradecimiento. Aquel dolor que tanto me había torturado por fin se había ido, se había disuelto en el aire para no regresar, y así, le di las gracias al ángel, a mi ángel llorando.
El ángel al verme llorar, se acercó y con sus alas me abrazó; ya nada me preocupaba, ninguna otra cosa importaba. Ya no me interesaba saber quiénes eran aquellos seres extraños y traslúcidos ni qué significaba todo esto que estaba pasando; mucho menos me importaba lo que hacía yo en ese lugar, incluso el silencio comenzó a desaparecer. Miré e mi alrededor y vi como todo comenzaba a adquirir un color más real. Pude ver también a la gente que me acompañaba, las cuales ya no eran siluetas sin facciones sino personas, gente demasiado conocida para mí.
Aquellas personas al verme comenzaron a reír y a aplaudir, unas incluso lloraban de emoción al ver que en mí no había más dolor, pena, duda o incertidumbre. Miré al ángel y me aferré a su cuerpo con todas mis fuerzas, y entonces, con una voz extraña, diferente pero muy bella, me dijo adiós. Yo no quería despedirme de aquel ser de luz, de mi ángel sanador. Quería quedarme con él por siempre, olvidarme de todo e irme con él a donde fuera, a donde me llevara.
Con lágrimas en los ojos le supliqué que m no se fuera, que no me dejara, que me llevara con él. Lo único que hizo fue sonreírme con aquella sonrisa única, llena de amor, bondad y ternura, acercó su rostro y unió su boca con la mía. Entonces todo comenzó a llenarse de luz y no pude ver más. Las últimas palabras que logré escuchar de él fueron: no estás solo, nunca más lo estarás.- y todo volvió a la oscuridad y al silencio...
Abro los ojos, volteo hacia ambos lados y comienzo a reconocer el lugar en donde estoy. Todo sigue tal y como lo dejé anoche. Mi ropa aún sigue en la mecedora que le compré a mi padre muchos años atrás y que, tras su muerte, pasó a ser mía. En el escritorio aún está la pluma con la que la noche anterior había escrito una poesía, una más dedicada a ella. Recargada en la esquina de la habitación aún está mi guitarra, aquella compañera con la que tantas veces le llevara serenata; ahí estaba, como esperando ser tocada, esperando revelar los secretos que guarda en su interior de madera.
Pero volteo y no la veo en la cama, el lado que fuera el suyo se encuentra vacío. De un salto me incorporo y comienzo a buscarla. Voy al baño pero ahí todo está igual, vacío. ¿Acaso sólo fue un sueño?¿Acaso mi vida llena de felicidad con ella sólo había sido una ilusión, un espejismo?
Salgo corriendo del cuarto y comienzo a recorrer la casa. Busco en las habitaciones, en los baños, en el desván, pero todo está igual, sin rastro de ella. Bajo las escaleras y de tres pasos llego a la cocina, pero todo está igual. Voy a la sala y me tiro de rodillas en la alfombra, cierro los ojos. ¡No puede ser! No pude haberlo soñado, ¡No es justo!
Me siento desolado, frustrado, enojado, impotente al no poder encontrarla. No puedo creerlo, es imposible que lo haya soñado, el recuerdo es tan vívido. De mis ojos comienzan a brotar gotas de desesperación, de tristeza, de dolor. Dolor de no tenerla junto a mí; dolor de ver que mi felicidad fue sólo un juego, sólo una ilusión; una broma de la vida, una broma muy pesada.
Me cuesta tanto pensar que todo esto fue un juego de mi inconsciente, el cual me hizo creer que por fin había encontrado la felicidad, que por fin había encontrado el amor. Lloro, lloro como el niño al que le han quitado su más preciada posesión. Lloro desconsolado.
Pero algo sucede, levanto el rostro y abro los ojos. Me seco las lágrimas con el dorso de la mano. Escucho algo en la distancia, con voces, voces de niños riendo, voces que me resultan conocidas, demasiado conocidas. Me pongo de pie lentamente y comienzo a buscar la dirección de donde provienen esas voces.
Camino, las voces me conducen hasta la puerta posterior de la casa, a la cocina. Las voces se van haciendo cada vez más y más claras. Abro la puerta y salgo. El sol de la mañana me da en los ojos y no puedo ver bien. Alcanzo a distinguir las siluetas de un niño y una niña que están jugando aproximadamente a unos cincuenta metros de mí. junto a ellos hay una mujer, se encuentra de espaldas a mí. su cabello está iluminado por el sol, el cual lo hace ver como si estuviera hecho de luz, de una luz dorada como el trigo y brillante como el sol.
El niño voltea y me ve, inmediatamente sonríe y grita: ¡papi!¡papi!, comienza a correr en dirección a mí, la niña al verme hace lo mismo, entonces la mujer de cabellos dorados se da vuelta y me mira, tiene los brazos cruzados y una sonrisa en el rostro.
Es ella, la mujer de quién hace tanto tiempo me enamoré, la mujer con quien decidí pasar mi vida; esa mujer de extraño acento y risa pronta que me cautivó desde el primer día que la vi.
Al llegar a mi lado me abraza tiernamente y me da un beso en la boca, entonces me sonríe y con es tierna voz y esa forma de decir las cosas tan característica de ella me dice: ¡cómo te quiero!-
Nada más hace falta por decir. Mi vida está completa, la tengo junto a mí y tengo a esas dos criaturas a mi lado. Sólo una cosa me inquieta en medio de esa enorme felicidad; aquel sueño, ese sueño tan extraño que tuve y que pareció tan real. Y aquel ángel, ese ángel sanador y sus palabras, las cuales aún tengo dando vueltas en la mente. ¿Qué significó ese sueño? ¿Quién era ese ángel? Y sobre todo, ¿Qué fue lo que me quiso decir?
Al mirar de nuevo a aquella mujer de dorados cabellos, al mirar en esos ojos profundos como el mar lo comprendí. Entonces, un material intangible y transparente, como una especie de luz material, espesa nos cubrió, y no puedo asegurar pero casi podría decir que vi una especie de alas cobijarnos.
Entonces alcé la mirada al cielo y le agradecí de nuevo al destino por haberlo encontrado una noche bajo el fuego de una fogata. Y así, bajo el sol de la mañana de un día de no importa qué año, mi mujer, mi ángel vestido de mujer y yo, continuamos siendo felices.